Se podía oler el vapor de agua caliente que emanaba la mampara de la ducha.
Sus tardes solían ser frías, casi sin azúcar en los labios ni aceite en las tostadas. A veces eran calladas y otras tormentosas. Solían ser apasionadas, carentes de palabras malsonantes e incluso sin vocales necesarias. Llenas de juegos encadenados con trampas y serpientes.



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