Le apretaba sin hacerle daño. Se estremecía con delicadeza. Tenía frío. Conociéndola, habría repasado esta escena millones de veces pero la veía nerviosa. Le vibraba todo el cuerpo, y con él su mirada se clavaba en la esquina del viejo sofá. Se apoyó en mi abdomen, dejándose caer. Se regaló. Te digo yo que eres fácil, como tocarte y que me tiemblen las rodillas, me susurró.


